Por Emilio Bustamante

José Antonio Portugal es uno de los más importantes cineastas peruanos. Su producción puede dividirse en dos etapas. La que se realiza durante la vigencia de la ley 19327 y la que se lleva a cabo a partir de la derogatoria de esa norma.

La primera incluye cortometrajes hechos en celuloide que obtuvieron el certificado de exhibición obligatoria y llamaron la atención de la crítica por lo cuidado de su estilo y por constituir la expresión personal de un autor. Destacan en esta etapa, entre otros filmes, Raymondi, Crónica de dos mundos, Hombres de viento, y Los que vencerán al viento.

La segunda etapa comprende en su mayor parte trabajos realizados en video, de mayor duración que los anteriores y surgidos de encargos. Esta última etapa también requiere atención por varias razones. En primer lugar, Portugal empieza a hacer documentales en video cuando todavía aquí en el Perú había quienes decían –con cierto desprecio- que el video no era cine, y le da a sus producciones en video una alta calidad estética, convirtiéndolas en productos artísticos y alejándolas del mero registro o el convencional reportaje “institucional”. En segundo lugar, resulta asombroso cómo logra conciliar el trabajo de encargo con su propuesta autoral, pudiendo reconocerse en esos trabajos los mismos temas y el mismo estilo que en la primera etapa de su obra.

El relativo desconocimiento, en la actualidad, de la obra de José Antonio Portugal, como de la de los otros importantes documentalistas peruanos surgidos bajo la ley 19327 (como Nora de Izcue, Gianfranco Annichini, Jorge Suárez y Jorge Vignati) se debería a que sus películas están en parte perdidas y en parte dispersas en copias de mala calidad o que urge restaurar; a la ausencia de una cinemateca donde se reparen y conserven las películas nacionales; y a la marginalidad a la que han sido condenados cortometrajes y películas de no-ficción durante décadas. El canon cinematográfico, como sabemos, acoge a muy pocas películas de cortometraje y no-ficción; excluyendo, de esta manera, a muchas de las propuestas más audaces y creativas que se han hecho a lo largo de décadas en el mundo.

Sin embargo, en los últimos años se viene revalorando el documental, o lo que se ha venido a llamar la no-ficción, fuera y dentro del Perú. Por eso es elogiable la iniciativa de Monopelao, una institución formada por jóvenes creadores de no ficción, que tratan de poner en valor su oficio no solo con sus propias realizaciones sino rescatando la obra de cineastas pioneros y ejemplares de nuestro país, como es el caso de José Antonio Portugal.

Pero la tarea recién comienza. Se complementará, seguramente, con el rescate de todas las películas de José Antonio Portugal, su restauración y conservación, y la edición en un DVD o BR de sus principales trabajos. Eso permitirá, estoy seguro, apreciar plenamente la obra del cineasta, elaborar estudios críticos sobre la misma, y ubicarla en el lugar que merece dentro de la historia del cine peruano. Permitirá, también, que los nuevos realizadores no se sientan huérfanos y hereden un saber y un hacer valiosos.

Lo dispersa y no conservada que se encuentra la obra de Portugal, dificulta en este momento una evaluación crítica profunda, e inclusive un comentario abarcador. Pero voy a intentar un comentario somero sobre la base del recuerdo de unas películas y el visionado reciente de otras. Películas como Crónica de dos mundos, Hombres de viento, Los que vencerán al viento, Las venas de la tierra, Los hijos del orden- Jóvenes en tiempos de violencia, Vergüenza, Crónica de una ciudad sumergida, Ashaninkas: El Desafío de una Nueva Escuela, y Grabado en la piel.

Las películas mencionadas guardan entre sí una coherencia que puede sorprender si tomamos en cuenta que están hechas en épocas muy distintas, en formatos diferentes, y que algunas obedecen a la iniciativa del autor y otras tuvieron como origen un encargo profesional. Todas estas películas están lejos de ser meros documentales expositivos. En mayor o menor grado se ubican en una frontera imprecisa entre el documental y la ficción, y buscan algo más importante que la mera representación de la realidad. Es decir, no buscan representar la realidad sino trascenderla. Como dice Garcilaso en Crónica de dos mundos, José Antonio podría decir respecto de sus filmes: “Decidí tratar un empeño más arduo: hallar el supremo aliento, acceder a las luces de la verdad”.

En todas las películas mencionadas hay también una recuperación de un bien perdido. Dice el Garcilaso de José Antonio Portugal, que intentó: “Recuperar lo que tan solo era fugaz eco, antigua cadencia, suave reflejo, pertinaz sombra”. Garcilaso en Crónica de dos mundos intenta recuperar, mediante la escritura (herencia del padre), la cultura de la madre. Los comuneros de Mollepata en Las venas de la tierra, recuperan antiguos ritos que les permiten la comunicación con los apus para poder regar la tierra. La niña ashaninka que ha ido a trabajar a la ciudad, fuga y regresa con su pueblo para tener un encuentro con un sabio anciano, quien le habla en su lengua nativa casi olvidada. Allí, como en Crónica de una ciudad sumergida, hay una fuerza oculta de los antepasados cuyo reflejo anima a sus descendientes, y que espera su tiempo de emerger. En Los que vencerán al viento es recuperada la habilidad textil de los ancestros. El joven inocente procesado por terrorismo de Los hijos del orden recuperará su libertad. Los restos de las víctimas de La Cantuta serán desenterrados en Vergüenza, y con ello se recuperará la justicia. Los niños acariciados por sus madres en Grabado en la piel se perderán quizá de adultos en el mundo, pero la experiencia y la memoria de aquellas caricias les permitirán un retorno emocional a lo primigenio.

En todas estas películas hay una alusión a un origen mítico, anterior a lo simbólico, entendido lo simbólico como lo lingüístico. Un origen más vinculado a lo que Julia Kristeva llama lo semiótico, es decir, a lo sensorial, lo natural, lo femenino, lo maternal. En ninguna de estas películas, sin embargo, se negará a lo simbólico. Por el contrario, el bien recuperado del origen y la racionalidad simbólica construirán una síntesis. Garcilaso, la niña asháninka bilingüe, los comuneros de Mollepata y demás mestizos culturales, ya no están integrados al todo como antes, son individuos; pero para ser individuos completos deben recuperar lo perdido.

Coincidentemente, en el plano de la expresión los filmes de Portugal también recurren constantemente a la síntesis, en este caso de la palabra y la imagen. Sus películas destacaron, desde un comienzo por un gran cuidado en la composición de los encuadres y en el montaje, y por una poética voz narrativa, después también por textos escritos en carteles que orientaban el sentido de las imágenes o les servían de contrapunto. Como en Garcilaso, una vez más, el retorno de lo sensorial está asociado a la invocación, al conjuro de la palabra.

Los filmes de Portugal contienen imágenes que se repiten de un filme a otro, estilemas del director: las nubes en el cielo que parecen aludir al tiempo, a la bruma del origen mítico; el viento que desplaza a esas nubes y que remite al cambiante destino de los hombres, removidos de su origen; los grupos humanos pequeños caminando en el horizonte, extraviados, alienados, en la búsqueda del bien perdido cuya recuperación les permitirá re-componer su identidad. Imágenes de la migración y el exilio. Del que se aparta del origen y recorre desorientado el mundo, del que se refugia en “rincones de soledad y pobreza” como Garcilaso, en la búsqueda de sí mismo, hasta que se reconcilia con aquello de lo que se ha separado y se encuentra, por fin. El hombre con la naturaleza, el mestizo con la cultura indígena, el hijo con la madre.