Por Edward De Ybarra

Gianfranco Annichini nació en Novara, Italia en 1939. Creció en Suiza donde, a la edad de 20 años, se diplomó en la Ecole de Beaux Arts de Lausanne. Trabajó en Estocolmo hasta 1961 cuando decide viajar al Perú donde finalmente se establece.

Aquí, sus primeros trabajos fueron en dibujo y cine publicitario para luego hacerse cargo de la cámara, fotografía o edición de innumerables documentales, cortos y largometrajes trabajando al lado de una gran cantidad de realizadores peruanos de diversa época y estilo, como Armando Robles Godoy, Francisco Lombardi, Chicho Durant, José Antonio Portugal, Augusto Tamayo y los hermanos Vega, entre otros.

A partir de 1981 empieza a dirigir sus propios trabajos documentales entre los que destacan María del desierto (1981), Radio Belén (Premio Festival de Oberhausen, 1983) y Una novia en Nueva York (Mención especial, Oberhausen, 1987). La curiosa Vida de Piter Eustaquio Rengifo Uculmana (2014), es su primera película de largometraje.

EL CINE DE GIANFRANCO ANNICHINI – UNA MIRADA TRANSPARENTE
Por José Antonio Portugal

En el desarrollo del cine nacional, a partir de la ley 19327 de 1972, el cineasta que ha mostrado mayor originalidad en el acercamiento a los temas que ha abordado es, sin duda, Gianfranco Annichini. Con no más de una docena de cortometrajes y un largometraje en el campo del género documental, ha desarrollado una propuesta que incluye un estilo y una manera peculiar de expresar la realidad.

Para lograrlo, ha ido abandonado el punto de partida documental de sus primeros trabajos, aunque en éstos ya se encuentra un tema recurrente: el acercamiento a personas -luego transformados en personajes- desde los que se ilumina la particular realidad nacional, para articular un discurso cautivante que rescata, redime, y logra aproximar al espectador, obligándolo a mirar al personaje de una manera distinta, mostrándole una presencia usualmente desconocida o ignorada. Esto es un verdadero aporte al cine nacional, carente en su generalidad de personajes y protagonistas entrañables al espectador, es decir que Annichini logra romper con el maltrato que de ellos se hace en las historias que nuestro cine.

Gianfranco Annichini es el cineasta que más ha puesto en cuestión ese pesado asunto de la verdad documental; desde sus inicios ha detestado la argumentación correcta para defender a sus personajes; aún siendo dueño de una interesante y sólida formación artística (extra-universitaria, claro) la forma y expresión de sus trabajos está muy lejos del almidonado acabado de belleza u obra artística. Lo que verdaderamente importa en sus trabajos es la mirada con la que se enfrenta a la realidad. Es una mirada transparente, es decir que usa la cámara para descubrir lo que usualmente no vemos y que en algunos casos logra llegar a la esencia de lo filmado. Es cierto que el cine es un “arte de las apariencias”, pero esto no justifica intentar la objetividad, la verdad, la corrección, el decoro como herramientas para la realización cinematográfica. Los recursos usados por Annichini van por otro camino: la solidaridad con la realidad, el interés profundo por sus personajes, el deseo de comprender lo que tiene frente a su cámara, el deseo de comprenderse a sí mismo.

Por esto, rompe con la categoría de género documental (Hollywood y los historiadores de cine dixit) no por un afán de inaugurar un “nuevo género”; sino por la extrema necesidad de poder ser justo con la realidad y poder expresar lo que sus ojos ven. Así, sus películas no son documental ni ficción. Son películas. Por lo tanto, el cine que realiza se transforma en una urgencia y requerimiento para el espectador, de tal manera que es posible decir que ver sus películas es una experiencia pertinente a cualquier persona, porque siempre nos dice y nos recuerda nuestra condición de seres humanos.